P. se levantó y vio que era un soleado día de primavera. Se sentía solo, como era habitual, aunque eso ya no lo afectaba. Era un día normal, como cualquier otro. La pesadez de tener que levantarse 6:45 era agobiante. Todavía tenía que lavarse los dientes, las manos, la cara, desayunar, revisar los mails, guardar la comida que todas las noches anteriores sobraba para almorzar y recién después de realizar estas cotidianas tareas, salir de su casa.
Era uno de los días más largos de la semana, un martes, los odiaba, quizás más que a los lunes.
Tenía que irse a la redacción, escribir alguna nota que pudiera interesarle a los lectores, ir a la facultad, volver a la redacción, editar y programar todo para el otro día y después emprender el largo camino de vuelta a casa en la provincia, muy lejos de la metrópolis que ya comenzaba a fastidiarlo a causa de los bocinazos constantes de la calle Corrientes, la velocidad y el mal humor del 99% de las personas que están ahí.
En su lugar todo era diferente. Le encantaba llegar y sentir la tranquilidad de su barrio después de haber viajado noventa largos minutos. Caminar por las rotas calles de la provincia era algo que siempre iba a extrañar si algún día se llegase a ir de ahí.
En realidad, su “día como cualquiera” terminó no siendo tal, al menos para su cabeza.
La normalidad de su jornada duró hasta las cuatro de la tarde, cuando a una compañera de sección le sonó el celular. La cara de la chica cambió instantáneamente. Los ojos se le llenaron de lágrimas y él sabía que algo bastante malo había pasado. Una de las pocas frases que logró escuchar, y que en realidad fue la única que importó, fue “¡¿Qué pasó?!”. La respuesta, aunque P. no la conocía, era bastante lógica. Alguien había muerto.
P. se sintió mal, verdaderamente mal. Pero no supo cómo reaccionar. Nunca había sabido cómo reaccionar ante esos horribles eventos. Decir “lo siento”, al menos para él, no significa nada. Eran vagas palabras sin sentido que en absoluto ayudarían a mejorar el sentimiento mortificante de la persona que tenía enfrente.
Le preguntó qué había pasado y ella se largó a llorar. Los sentimientos de tristeza y malestar de P. por no saber cómo actuar y ayudarla, crecían…pero seguía callado, sin hacer nada, como un idiota.
Lo primero que él dijo después de que ella le contó lo que pasó fue vergonzoso. Le dijo que se fuera a la casa, que él podía terminar el trabajo que quedaba y que no se preocupara. En ese momento se superó, ya no pensaba que era un idiota, ahora pensaba que era un idiota y la persona más fría con la que alguien podría encontrarse.
Estaba seguro que nadie en el mundo podría haberle respondido qué quiso decir con que no se preocupara. Tampoco entendía a quién podría importarle si su trabajo estaba o no terminado o cómo podría no llegar a preocuparse…
Su día continuó y por un momento todo había pasado. Hasta que comenzó el largo camino de vuelta. Esos noventa minutos eran terribles si no tenía ganas de pensar. El colectivo funcionaba como una especie de burbuja donde su cabeza viajaba donde quisiera. Los pensamientos iban y venían, al parecer, sin criterio alguno.
En esos minutos volvió a ese momento, volvió al momento que le había dicho a su compañera que podía irse a su casa y que él podía hacer su trabajo. Una y otra vez repitió la escena, culpándose de no haber sabido de qué forma reaccionar para poder aplacar sus tristes sentimientos.
Siguió pensando, mientras atravesaba las rotas calles de su barrio, que actuó de la peor manera posible, que, aunque quería, no la había ayudado en absoluto y que si hubiese estado sola, hubiese estado mejor.